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viernes, 31 de julio de 2015

Populismo

El Populismo es un estilo de gobernar mas que una ideología política. Por esta razón, es difícil identificar un vinculo entre una posición política en particular y el populismo. Sin embargo, es posible establecer una serie de factores que caracterizan la mayoría de gobiernos populistas.
Por lo general, el populismo nace de un líder carismático que es percibido como parte del pueblo, y que como parte de este, entiende sus problemas y dificultades. Usualmente, los líderes populistas explotan el sentimiento de opresión de las masas y las injusticias sociales para movilizar tanta gente puedan, muchas veces en contra de los intereses de las elites sociales o políticas. Los lideres populistas se mantiene en el poder precisamente por medio de su popularidad, y por esto, es necesario para ellos implementar políticas que favorezcan al pueblo, lo cual muchas veces significa poner a un lado las leyes y normas de la constitución. Muchas veces esto se ve reflejado en la nacionalización de compañías extranjeras, o la decisión de no pagar la deuda externa. Usualmente, las corporaciones y las elites económicas tienden a ser las mas afectadas por las políticas populistas, puesto que el líder acude a ellas para crear antagonismos sociales que favorezcan su posición. Así, el líder es percibido como el defensor del pueblo contra los intereses voraces de las corporaciones y las clases altas.
Históricamente, el fenómeno del populismo se ha dado en distintos escenarios políticos, tanto en Latinoamérica como en Norteamérica. Puesto que el populismo nace del carisma de un líder, el fenómeno no está necesariamente atado a un periodo histórico en particular. En efecto, se pueden identificar lideres populistas en periodos históricos remotos, tales como el caso de Espartaco, quien lideró la rebelión contra la Antigua Roma. Mas recientemente, el fenómeno se ha podido apreciar en las elecciones de 1992 en los Estados Unidos, cuando Ross Perot asumió una plataforma política de corte populista. En adición, las famosas palabras de Abraham Lincoln, "gobierno por la gente, de la gente, y para la gente" capturan perfectamente la esencia del espíritu populista.
Latinoamérica ha proporcionado un ambiente particularmente adepto para el populismo. El Ecuador tuvo a José María Velasco Ibarra, México tuvo a Lázaro Cárdenas, y Perú a Víctor Raúl Haya de la Torre. El caso más obvio, sin embargo, es el del General Juan Perón en Argentina, quien presidió su país en 1946, 1951, y de nuevo en 1973. Históricamente, pocos lideres han logrado movilizar a las masas como lo hizo Perón. La audiencia que lograba atraer sus discursos continúa siendo un fenómeno sin repetir en Latinoamérica. Además, Perón contaba con la suerte de tener una esposa tan o más carismática que él. En efecto, Evita Perón se ha convertido en un símbolo nacional en el Argentina, hasta el punto que es imposible hablar de Perón sin mencionar también a Evita.
Mas recientemente, se ha podido apreciar un nuevo fenómeno dentro del populismo Latinoamericano. Históricamente, los líderes populistas del continente siempre han mostrado una afinidad por políticas izquierdistas; sin embrago, mas recientemente han aparecido lideres populistas que han implementado políticas inconfundiblemente de derecha, particularmente en al área económica.





Lo que quiero decir respecto al “populismo” es que a mi parecer es inexistenteste. El populismo nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. 
Dicho de otra forma, el populismo nos invita a cerrar opciones alrededor de la democracia liberal para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás,  Y el problema es que esa forma de razonamiento nos impide ver dos hechos fundamentales. Primero, que dentro de esa masa de elementos “populistas” hay algunos que definitivamente son una amenaza a la democracia, pero también ideas, experimentos políticos y organizaciones que tienen el potencial de ofrecer formas mejores y más sustantivas de democracia para las sociedades modernas. Y segundo, que el propio liberalismo, con sus valores individualistas, su ethos productivista y su compromiso irrestricto con los intereses de los empresarios es, de hecho, una de las mayores amenazas que corroen las democracias actuales. 

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